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El "conocido" Chávez


Mario Abate Liotti Falco
Dicen que a Capriles solamente lo conocen un 20% de la población, y, que a Chávez lo conocen el 100% de la población. ¡Que bueno, si a Chávez lo conoce el 100%, podemos estar seguros de la victoria, ya que ese 100% sabe lo malo y mentiroso que es! A veces todos conocemos una persona, pero eso no lo hace bueno; todos conocemos a El Chacal, pero sigue siendo un asesino terrorista, como lo fueron Gadaffi, Hussein, Hitler, Mussolini, en fin Chávez perderá porque finalmente todos lo conocen, a él y a sus mañas."
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La espiral del silencio

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  • En el caso de la guerrilla colombiana hemos entrado en una espiral de silencio

EL MIEDO COMO POLÍTICA DE ESTADO:

Este domingo 24 de julio, en el acto solemne para conmemorar el 227 Aniversario del Natalicio de nuestro Libertador Simón Bolívar, el presidente de la República, Hugo Chávez Frías, retomó el viejo truco de manipular a las masas para hacer creer que su vida corre peligro. El Primer Mandatario Nacional reveló la existencia de una supuesta carta a través de la cual un buen amigo lo alerta, una vez más, de que el imperio norteamericano y Colombia lo quieren asesinar y por ende acabar con el gobierno revolucionario que preside. A esta denuncia pública debemos hacerle varias interpretaciones: 1) Con este tipo de aseveraciones el jefe de Estado pretende, primero que nada, demostrar que él todo lo sabe, que nada le es ajeno, que el gobierno venezolano tiene gente infiltrada en todos los niveles nacionales e internacionales, es decir, que sus equipos de inteligencia han logrado penetrar hasta los rincones más recónditos del Departamento de Estado Norteamericano, la Casa Blanca, la CIA y más allá, 2) Es un alerta que podría utilizarse para hacer presos y enjuiciar, sin fundamentos sólidos, a todo aquel que es considerado enemigo de la Revolución Bolivariana, 3) Crear pánico y zozobra en la población y 4) Decir que no hay condiciones políticas y sociales para realizar las elecciones parlamentarias pautadas para el 26 de septiembre del presente año. Históricamente se ha demostrado que el miedo, cuando se convierte en política de Estado, es una de las herramientas más eficaces para mantener a raya a la ciudadanía y tomar medidas extremas que dejan muchos sinsabores. Después de esta denuncia cualquier cosa puede suceder en nuestro país. No se trata de banalizar los señalamientos hechos por el presidente Hugo Chávez, se trata de que ya necesitamos creer en aquello que nos han dicho “N” cantidad de veces, sobre todo cuando se presentan coyunturas de tipo electoral.

LA ESPIRAL DEL SILENCIO:

El pasado jueves 22 de julio el Gobierno nacional rompió, formalmente, las históricas relaciones diplomáticas con Colombia. La medida afecta, indiscutiblemente, los aspectos diplomáticos, militares, sociales, económicos y, sobre todo, los relacionados con la opinión pública nacional e internacional. Al unísono los voceros del Gobierno venezolano, civiles y militares, desgarran su garganta para condenar la acción tomada por el Embajador de Colombia ante la Organización de Estados Americanos, Luis Alfonso Hoyos, pero olvidan, por ejemplo, que en enero de 2.008, al pronunciar su Mensaje Anual ante la Asamblea Nacional el propio presidente de la República, Hugo Chávez Frías, pidió a la comunidad internacional que reconociera a las guerrillas colombianas como una fuerza beligerante. La solicitud presidencial implicaba, además, que se le cambiara el calificativo de terroristas a aquellos grupos armados que, bajo la clandestinidad de la selva colombiana, secuestran, asesinan y torturan a miles de inocentes. Se condena la denuncia realizada por un funcionario del vecino país al tiempo de olvidar que la opinión pública nacional e internacional sabe que el gobierno venezolano ha permitido que grupos extremistas rindan homenaje y levantan estatuas del ex jefe de las FARC, Manuel “Marulanda” dentro del territorio nacional. Se condena la acción y se obvian los homenajes que se le rindieron al guerrillero Raúl Reyes luego de morir en una emboscada que se le aplicó en territorio ecuatoriano. No obstante, desde Venezuela se celebran las declaraciones de apoyo e identidad político-ideológicas que en varias oportunidades han pronunciado los principales voceros de la FARC. Se rompieron las relaciones diplomáticas entre Venezuela y Colombia sin tomar en cuenta qué dirán esos ciudadanos, civiles y militares, que han sido testigos de la presencia de esos campamentos dentro de nuestro país. Definitivamente en esta oportunidad la diplomacia va por un lado y cobra tendencias y colores ya predeterminados. Los que deben permanecer en silencio se guardan su hipótesis y esperan una nueva y mejor oportunidad.

ÍRRITOS PARLAMENTARIOS Y ALGO MÁS:

El pasado jueves 22 de julio el presidente de la Comisión Permanente de Política Interior, diputado Tulio Jiménez, presentó ante la Cámara un Proyecto de Ley Orgánica de Drogas completamente diferente al que se aprobó en octubre de 2.009 en primera discusión. No conforme con eso el mencionado parlamentario solicitó levantarle la sanción a los 19 artículos que se habían aprobado anteriormente. Tanto la Constitución Nacional como el Reglamento Interior y de Debates del Parlamento establecen que durante la segunda discusión de un instrumento el tema se aborda artículo por artículo, es decir que se aplica el mismo procedimiento cuando se procede a levantarle la sanción a uno o varios artículos. En esta oportunidad se cometió un acto írrito: el levantamiento de la sanción se llevó a cabo en bloque y la discusión artículo por artículo (197 en total) se llevó a cabo como alma que lleva el diablo. Finalmente la referida ley resultó sancionada y remitida al Ejecutivo Nacional. Cabe destacar que uno de los cambios más importantes del instrumento es su propio nombre. Hasta el momento esta ley se denominaba Ley Orgánica contra el Tráfico Ilícito y Consumo de Sustancias Estupefacientes y Psicotrópicas y de ahora en adelante se llamará Ley Orgánica de Drogas. Es importante señalar que al entrar en vigencia este instrumento, tanto los miembros de la Fuerza Armada Nacional como los empleados públicos serán obligados a realizarse un examen toxicológico anual. Además, las empresas privadas y del Estado estarán obligadas a emplear a personas rehabilitadas.

COMO EL BARBARAZO:

La Asamblea Nacional tiene prácticamente listos dos instrumentos de ley que darán mucho de qué hablar: la Ley que Regula el Sistema Privado de Salud y la Ley de Propiedad Social. Según lo explicado por el diputado Tirso Silva, miembro de la Comisión Permanente de Finanzas, la Ley que Regula el Sistema Privado de Salud establece, entre otras cosas, la posibilidad cierta de que el Ministerio para la Salud y Desarrollo Social pueda intervenir o tomar posesión de una Institución Privada Prestataria de Servicios de Salud para administrarla transitoriamente. Dijo, además, que en dicho instrumento se prohíbe expender y vender aquellos productos conocidos como adaptógenos ya que éstos no tienen evidencias científicas de sus propiedades. Asimismo se conoció que se prevé la creación de la Oficina Nacional Reguladora de Salud la cual tendrá por lo menos 32 razones para sancionar, en Unidades Tributarias, a las clínicas privadas del país. Los costos de los servicios que ofrecen las clínicas privadas (emergencia, hospitalización, quirófano, terapia, material médico, medicinas, biodiagnósticos, imágenes y honorarios profesionales, entre otros) serán establecidos por la mencionada Oficina Nacional Reguladora de Salud. No obstante, la Ley de Propiedad Social, establecerá cuatro formas de propiedad: propiedad social indirecta, propiedad social delegada, propiedad social directa y propiedad social mixta. En dicho instrumento se habla de un Fondo Intergubernamental para la Economía Socialista y de la Economía Endógena. Se establece que la propiedad privada, perteneciente a personas naturales o jurídicas “coexistirá” con el resto de las propiedades. Llama poderosamente la atención que al entrar en vigencia la Ley de Propiedad Social, según la Disposición Transitoria Primera, se modificará el contenido de las siguientes leyes: Código Civil, Código de Comercio, Ley de Licitaciones, Ley Orgánica de Planificación de la Administración Pública, Ley para el Fomento de la Economía Popular y Ley de los Consejos Comunales, entre otras.

CONFIRMADO


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La receta de Moisés Naím

El propósito de esta receta es ofrecer los ingredientes y la preparación para golpes de Estado que no dependan -al menos inicialmente- del uso de las Fuerzas Armadas. Como se sabe, el mundo ya no digiere tan bien los golpes militares. Esta intolerancia ha puesto de moda una nueva forma de cocinar la toma del poder. La nueva receta se basa más en abogados que en tenientes coroneles, y usa como ingredientes fundamentales reformas constitucionales y referendos en vez de tanques y ataques armados al palacio presidencial.

La receta es diferente, pero el resultado es el mismo: un líder autocrático que, guardando las apariencias democráticas, retiene el poder por tiempo indefinido y hace lo que quiere. Es importante enfatizar que, al igual que todas las recetas que se internacionalizan, ésta también se prepara de manera algo diferente en cada país. Por ejemplo, las elecciones en Zimbabue para dejar a Robert Mugabe en el poder después de 29 años se cocinan de manera distinta de como se practica la gastronomía electoral en Rusia. Allí la receta garantizó que, a pesar de las elecciones, Vladímir Putin siga mandando aunque el presidente es otro. A su vez, en Irán, donde les gusta comer la política muy aderezada con religión, el chef supremo, Alí Jamenei, explicó que la aplastante y sospechosa victoria electoral del presidente Mahmud Ahmadineyad fue “una señal divina”. Quienes salieron a las calles de Teherán a reclamar, convencidos de que les habían robado el voto fueron, apaleados por las milicias civiles del régimen. Estas milicias son otro ingrediente indispensable en esta receta. En su versión latinoamericana, la receta depende más de manipulaciones constitucionales que en otras partes.

A continuación les ofrezco los ingredientes -con sazón latina- y su preparación.

INGREDIENTES
1. Millones de pobres. Una abrumadora mayoría de la población a la que siempre se le ha prometido mucho y dado poco.

2. Gran dosis de desigualdad. Pobreza inimaginable que coexiste con fortunas incalculables.

3. Injusticia, exclusión social y discriminación racial.

4. Corrupción en abundantes cantidades.

5. Élites políticas y económicas complacientes y seguras de que “aquí no va a pasar nada”.

6. Partidos políticos muy desprestigiados.

7. Una clase media apática y desilusionada de la democracia, la política y los políticos.

8. Parlamento, poder judicial y Fuerzas Armadas puestas a un largo remojo que les haya “suavizado” la espina dorsal. Es importante asegurar que en estas instituciones reine la ineficiencia, la indolencia y la corrupción. Debe ser fácil comprar a un juez, un senador o un general.

9. Medios de comunicación cuyos propietarios los utilizan principalmente para promover sus propios intereses comerciales o electorales.

10. Una superpotencia extranjera neutralizada o distraída por otras prioridades y congestionada de emergencias.

11. Apatía mundial y una opinión pública internacional con déficit de atención.

12. Un enemigo externo fácil de denunciar como una amenaza a la nación o como la causa de algún problema importante. La CIA es ideal. Un país vecino también sirve. O inmigrantes con otro color de piel. Si no, siempre están los judíos y el Mosad.

12. Brigadas de choque “populares” bien armadas y entrenadas para romper las cabezas -y más- de los miembros de la sociedad civil que osen reaccionar a los avances de “la revolución del pueblo”. No hace falta que estas brigadas sean numerosas; sus miembros deben ser violentos y estar dispuestos a todo “en nombre de la revolución”. Su vínculo con el Estado debe siempre quedar oculto. Las cárceles son buenos centros de reclutamiento para estas “brigadas populares”.

PREPARACIÓN
1. Sacúdase bien a la población más pobre con la campaña de polarización y conflicto social más intensa y agresiva que sea posible. La armonía social es un obstáculo que debe eliminarse, mientras que el odio entre grupos sociales debe ser llevado a su máximo. Esto es fácil de lograr si se cuenta con los ingredientes descritos arriba.

2. Llegar al poder gracias a una elección democrática. Esto se facilita si los partidos tradicionales están desprestigiados y el contrincante es un empresario neófito o un miembro de las clases políticas que siempre han dominado el poder.

3. Ganar toda nueva elección. Como sea. Hacer lo que haga falta. Pero nunca dejar el poder. Las elecciones no son para eso.

4. Cambiar los altos mandos militares promoviendo a oficiales de probada lealtad al presidente y su “proyecto”. Premiar con promociones y beneficios materiales a los oficiales leales y castigar a los poco entusiastas. Espiar a todos todo el tiempo.

5. Hacer lo mismo con jueces y magistrados.

6. Una vez completado el paso anterior, proponer cambios constitucionales para ser aprobados mediante un referéndum nacional. En ese referéndum estimular la abstención de la oposición.

7. La nueva Constitución debe garantizar todo tipo de derechos a los ciudadanos -muy especialmente a los más pobres-, a la vez que minimiza sus deberes y obligaciones. Prometer que la nueva Constitución aliviará la pobreza y disminuirá la desigualdad. También debe tener normas poco comprensibles que concentren el poder en el presidente y permitan su reelección indefinida.

8. Desprestigiar, minimizar y reprimir a la oposición política.

9. Controlar a los medios de comunicación. Tolerar algunos medios críticos contra el Gobierno que tengan pocos lectores o telespectadores, como ejemplo de que se respeta la libertad de expresión.

10. Repetir el paso número tres. Indefinidamente.

¡Buen provecho!

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Aprender a leer

Cada derrota electoral, sobre todo en Venezuela, apunta a una desatinada lectura, no sólo del oponente, sino de los votantes. Así, tal vez la victoria de 9% que el presidente Hugo Chávez propinó a quienes nos oponíamos a la reelección indefinida el pasado 15 de febrero, sea una suerte de “castigo necesario” para enseriarnos en este asunto de interpretar el cajón de sastre que los opositores (desde estudiantes a políticos jurásicos) denominamos “el pueblo venezolano”. 

¿Venezuela eternamente joven?

La historia política de Venezuela es un relato sostenido de sed de poder y adulación. Esa dupla perversa benefició a personajes oscuros como Antonio Guzmán, Joaquín Crespo, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Marcos Pérez Jiménez, Carlos Andrés Pérez y ahora Hugo Chávez, por sólo mencionar a los más emblemáticos. Todos fueron políticos afianzados en su capacidad para leer a las masas, ganarse las simpatías de los mandos medios del ejército (y transformarlos luego en su alta oficialidad) y satisfacer la avaricia de los cabilderos del momento. Esa fórmula, en Venezuela, da larga vida a los regímenes de gobierno, sean éstos democráticos, semi-democráticos o dictatoriales. Lo más paradójico es que esa estrategia, de una longevidad superior a los 150 años, sea ignorada por quienes asumen el rol de estrategas dentro de los diversos movimientos de oposición. Quizá sea tiempo de que estos luchadores empiecen a formarse viendo menos programas de opinión y leyendo más historia, sobre todo textos tan clarividentes como “La caída del liberalismo amarillo” del ex presidente Ramón J. Velásquez o “Pensar a Venezuela” del atinado José Balza… Esas lecturas los mantendrán a bien resguardo de seguir celebrando esa eterna juventud que nos atribuimos como país, estiramiento que ha durado décadas y que el sagaz filósofo Julián Marías atribuye a factores tan dispares como “vitalidad, flexibilidad, capacidad de innovación, o bien temor a la madurez, resistencia a solidarizarse con una actitud o una forma de vida, inseguridad y afán de perpetua provisionalidad”…


Libertad versus arepa

La necesidad de dinero rápido y la desconexión ante un futuro más lejano que el día a día son rasgos que han marcado, desde hace décadas, a la legión de votantes de los sectores medios-bajos y pobres del país, quienes pasaron de ser la reserva abstencionista de la cuarta república a convertirse en el capital humano fundamental del chavismo, que atinó a descubrir cómo hablarles y qué ofrecerles. La fórmula es sencilla: satisfacer las necesidades primarias que los angustian, pues viven en la base fisiológica de su pirámide de necesidades: respirar, conseguir comida y reponer energías. El sistema mismo los mantiene alejados del tope de esa jerarquía de autorrealización, que el psicólogo Abraham Maslow asocia a ética, creatividad y resolución de problemas. Tal vez, por eso las campañas diseñadas en torno a ofertas de libertad; empleos de calidad y convivencia ciudadana tienen mayor resonancia en las clases medias y altas, que habitan en un mundo donde el reconocimiento es importante y las necesidades fisiológicas se encuentran, tácitamente, satisfechas. Pero en las clases bajas la arepa manda, y no lo digo en tono irónico, sino pensando en las teorías del Premio Nobel Amartya Sen, quien entrega pistas muy concretas en torno a las capacidades de las personas. Para Sen, el asunto no es proveer derechos electorales o mejores empleos a los pobres, sino darles un stock de habilidades y oportunidades que los reafirmen en sus elecciones personales.

Leer al país

La noche del domingo 15, apenas una hora luego de conocido el boletín oficial con los resultados de la enmienda, decidí navegar por Internet y pulsar a la gente que a esa hora se mantenía despierta y triste en las redes 2.0, como Facebook. La frustración se reflejaba en los mensajes que cada persona escribía junto a su nombre: “Nos hicieron trampa”; “Preocupada y triste por mi país”; “Ahora tenemos que luchar por el poder”; “Ya no tenemos futuro”; “La ignorancia sigue ganando en Venezuela”, etc. En medio de esos mensajes, decidí escribir “Tenemos que aprender a leer al país” y esa frase detonó que Adriana Villanueva abriese una ventana de chat para conversar sobre esta derrota. Luego de los relatos cotidianos y las hipótesis de rigor, ella afirmó contundente: “definitivamente somos dos países en uno y ninguno sabe cómo leer al otro”… Esa frase coincidía plenamente con mi preocupación de años, que no es otra que la oposición sigue pensando en términos de clase media, juzgando al resto del país, sea chavista o abstencionista, desde su kit de prejuicios y comodidades asociadas a su clase social. Ese error de partida nos mantiene ciegos ante una realidad que el oficialismo conoce y maneja con la astucia de quien hizo su tarea y entiende el asunto. Adicionalmente, hay que descifrar esa habilidad del Presidente para perfilar sus ideas y hacerlas mortales, que luego, asegura Alessandro Baricco, descubre que pueden ser utilizadas como armas. No lo piensa ni un instante y dispara. Las banderas del NO en esta campaña por la enmienda: “corrupción, impunidad, democracia en peligro y falta de tacto en las relaciones internacionales”; fueron abstracciones lejanas para quienes agradecidos compran pollo en Mercal o atienden sus paros cardíacos en El Algodonal. Ellos sobrepasan al 80% de la población de Venezuela, así que agradecidos debemos estar al contar con un 46% de fieles electores que siguen el mensaje brumoso e ininteligible de la oposición. Es útil recordar a Carlos Fuentes cuando afirma que “los pueblos juzgan más por lo que ven que por lo que entienden”, es urgente empezar a leer bien a este país, hay que diseñar ofertas que sean “realistas” y “consistentes” con el entorno de la mayoría, que ahora apuesta por él único que sabe hablarles y proveerles, aunque sea soberbio y dilapide millones de dólares: Hugo Chávez. Estamos a tiempo de admitir nuestra ignorancia y de trabajar para tender puentes de entendimiento entre esos dos mundos que mencionaba Adriana, que coexisten, pero que no se ven.

Por Iván R. Méndez / ivan07mendez@gmail.com


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La violación

En la concepción de Hugo Chávez, "la revolución" está por encima de la Constitución. Así lo explica el académico Fernando Mires en este artículo, que le fue encargado por la revista digital Analítica Premium

Por: Fernando Mires

Ya los más destacados constitucionalistas venezolanos se han referido a ese tema desde el punto de vista jurídico, de tal modo que es muy poco lo que yo -desde una perspectiva tan lejana- podría agregar.

La opinión casi unánime es que en consideración de que el tema de la prolongación del mandato presidencial fue definitivamente zanjado a través del triunfo del NO en el referéndum del 2 de diciembre del 2007 y considerando que la Constitución estipula con extrema claridad que una iniciativa de reforma constitucional que no sea aprobada no podrá presentarse de nuevo en un mismo período constitucional a la Asamblea Nacional, la enmienda constitucional es, desde el punto de vista jurídico, inconstitucional.

El solo llamado a votar por la enmienda, implica una violación constitucional. No es demasiado lo que se puede argumentar sobre ese punto. Está todo dicho.

En cualquier país del mundo en donde rija el principio de la separación de poderes ese referéndum que tendrá lugar el 15 de febrero del 2009 habría sido una absoluta imposibilidad.

No obstante, el hecho de que en Venezuela no rija la división de los poderes reiteradamente probado por las decisiones del TSJ (ver caso de las habilitaciones, entre muchos)- obliga a dejar de lado la discusión jurídica y remitirse exclusivamente a la discusión política acerca del tema.

Los seguidores incondicionales del gobierno así lo han decidido. Ni siquiera se toman la molestia de argumentar legalmente. En el mejor de los casos, recurren a triquiñuelas de leguleyos. Se trata, en fin, de un referéndum violado por sus propias argucias. La propia pregunta del referéndum es un desacato a las normas más elementales del derecho público.

Preguntar a los votantes si van a votar en contra o a favor de la ampliación de los derechos del pueblo, esto es, preguntar al pueblo si está en contra o a favor de sí mismo, no sólo es un truco ilegal: es una infamia. Si hay algo peor que la enmienda, es la pregunta por la enmienda.

El mismo hecho de reemplazar el argumento jurídico por el truco leguleyo demuestra que el gobierno está decidido a subordinar la Constitución al poder político; y no el poder político a la Constitución. Ese propósito implica por definición una violación constitucional.

La oposición venezolana carece de protección jurídica, carece de protección militar y policial, carece de protección parlamentaria, carece de protección institucional.

Debe ser, junto con la rusa y la bielorrusa, una de las oposiciones más inermes del mundo. Llega a dar lástima. Sólo le queda, como último recurso, la protección política, lo que significaría a sabiendas de la inconstitucionalidad de la enmienda- intentar alcanzar los votos de la mayoría en una lucha extremadamente desigual y frente a un gobierno que desata mecanismos altamente represivos y que, además, controla gran parte de los medios de propaganda, financiados con el dinero de todos los venezolanos.

En esas condiciones de radical desigualdad, si el gobierno no llega a obtener una mayoría abrumadora, habrá perdido políticamente la elección, aunque afirme que nominalmente ha ganado. Un triunfo estrecho del SÍ en contra del NO, dejará todas las cartas abiertas para el futuro inmediato. La lógica matemática no siempre es idéntica a la lógica política. Esto hay que decirlo desde un comienzo, por si alguien lo ha olvidado.

Con un estrecho triunfo, el gobierno no habrá ganado en legalidad, puesto que él mismo la ha violado, y tampoco habrá obtenido más legitimidad. Ahora, si el gobierno, en las condiciones por él mismo impuestas, llegara a perder, lo que es muy difícil, habrá perdido tanto la legalidad como la legitimidad a la vez.

Eso, por lo demás, lo sabe muy bien el gobierno. Por eso ha prohibido perder. Pero ese es un tema que deberá ser discutido a partir del 16 de febrero, suponiendo que todavía sea posible discutir.

El argumento leguleyo del oficialismo que afirma que la enmienda no sustenta la reelección indefinida sino que "amplía los derechos del pueblo" –de donde se supone el absurdo de que los miembros del pueblo son sólo los que gobiernan– para ser reelegido a través de nuevas elecciones, es para decir lo menos, falaz. Si el mandatario venezolano fuera un mandatario cualquiera, esa tesis podría ser quizás tema de una seria controversia.

Pero quien conoce el proyecto político-militar que representa Chávez y el chavismo, se da cuenta de inmediato de que el objetivo de la enmienda no es sólo la reelección indefinida sino, hablando desde una perspectiva puramente pre-política (que es al fin la que ha impuesto el propio gobierno), forma parte de una estrategia de acumulación de poder.

O lo que es peor: la propia Constitución ha sido convertida en táctica de una estrategia política que trasciende a la Constitución.

Nadie impedirá al fin, que si obtiene un triunfo resonante, el gobierno afirme que el pueblo "ya decidió" el 15 de febrero; y ahí se quede, hasta que la muerte nos separe, amén.

2.
El gobierno venezolano no sólo ha violado su propia Constitución; ha cometido, además, un desacato de similar o de peor calibre: ha usurpado la soberanía popular. Me explico: Todas las Constituciones del mundo tienen como fundamento una idea: esa es la idea de que la soberanía reside en el pueblo. Esa idea proviene de los inicios de los tiempos modernos y es la misma que dio origen a las revoluciones más decisivas de nuestra época, que fueron la norteamericana y la francesa.

Esa idea tiene, no podía ser de otra manera, un origen teológico, y dice así: "Dios, que es el único poder, delega su poder a los pueblos para que elijan a sus soberanos. Por lo tanto, el verdadero soberano es el pueblo".

Así se explica, para poner un ejemplo, que según el genio de Lope de Vega- cuando el pueblo de Fuenteovejuna en rebelión al ser preguntado: "¿Quién lo mató?", respondiera de forma unánime: "Fuenteovejuna"; o sea: el pueblo soberano negaba según la pluma política de Lope de Vega la soberanía usurpada.

Recordando a Fuenteovejuna entendí por qué los alemanes del Este, cuando escuchaban a los dictadores comunistas hablar en nombre del pueblo, salieron un día a la calle y gritaron: "Nosotros, nosotros somos el pueblo", frase multitudinaria que derrumbó muros; tanto de cemento como mentales.

--- La revolución que alguna vez fue una palabra para designar a levantamientos populares, ha terminado por transformarse en la religión de las dictaduras

Eso es lo que debería haber gritado la oposición venezolana, cuando su Presidente, con increíble seguridad dijo que la enmienda había sido pedida por "el pueblo". Cuán inerme ha de estar la oposición de Venezuela al verse obligada a aceptar una extorsión en nombre de un pueblo del cual la oposición es, por lo menos, la mitad.

¿Cuándo el pueblo pidió a gritos una enmienda? ¿Dónde estaba el gran movimiento popular que gritaba en las calles: "enmienda, enmienda queremos, enmienda, enmienda nada más"? En ninguna otra parte que no hubiera sido en el cerebro de quien cree que es el pueblo.

El pueblo venezolano, el verdadero, venía saliendo de disputadas elecciones regionales; estaba políticamente agotado. Tanto chavistas como no chavistas se disponían a pasar la Navidad en paz; cada uno con los suyos. Mas, de pronto se enteraron de que el "pueblo", es decir, todos, no podían seguir viviendo más sin una enmienda. Y allá fueron. Los chavistas sumisos a defender una enmienda que no entendían. Los antichavistas: a luchar contra esa enmienda.

El pueblo fue enviado a luchar por un hombre que imaginaba ser el pueblo; y el pueblo obedeció. Militares y civiles; malos y buenos, progresistas, reaccionarios, revolucionarios y contrarrevolucionarios, negros y blancos, todos mezclados entre sí, comenzaron a golpearse en las calles en nombre de un pueblo sin saber que ellos eran el pueblo y no quien les hablaba en nombre del pueblo. Si no fuese tan trágico sería comedia.

El pueblo en su soberanía, había sido usurpado por quien puede ser, bajo ciertas condiciones, un delegado del pueblo en el poder.

Nunca el pueblo. El Presidente ha violado así no sólo la letra de la Constitución. Ha violado además el principio de la soberanía popular, fuente de toda Constitución. Y todo ¿para qué? La respuesta oficialista es lacerante: para la revolución.

3.
Inmediatamente después que "el pueblo", es decir el Presidente, habló, el pueblo, el verdadero, se enteró de que la revolución había entrado a una nueva fase de profundización. ¿Y cuáles habían sido las otras fases? ¿Dónde está escrito el plan de la revolución? Al menos los sistemas totalitarios del reciente pasado elaboraban planes quinquenales que por cierto siempre fracasaban, pero eran planes, y como tales, eran dados a conocer públicamente, aunque nadie los leyera.

El pueblo venezolano, en cambio, se entera de que hay una nueva fase que requiere enmiendas constitucionales después que la enmienda ha sido dada a conocer.

De modo que no es el plan el que da a conocer la enmienda sino que la enmienda da a conocer al plan.

Esa es otra violación: y es la violación del elemental sentido común.

"En nombre de la revolución todo está permitido". Ese ha sido el lema de todos quienes han sido o imaginan ser revolucionarios. La revolución, en el marco de esa lógica, deja de ser un acontecimiento real y se transforma en una entidad dotada de vida propia cuya razón interna es dada a conocer como si fuese una revelación religiosa por quienes hablan en nombre de ella. A quien alguna vez quiera justificarlo todo (robar, mentir, violar, matar) sólo le basta decir, como los de las FARC, que lo hace en nombre de una revolución. Aunque esa revolución nunca haya existido, como es el caso notorio de Venezuela.

La revolución es un acontecimiento. Una revolución no dura más que lo que dura el acontecimiento, que puede ser el derrocamiento de un tirano, la caída de un régimen o una transformación profunda en las ciencias o en las conciencias. Si una revolución dura más allá del acontecimiento, ya no es una revolución; es otra cosa.

Porque una revolución es un acontecimiento que al ser extraordinario es excepcional. Nadie, ni los individuos ni los pueblos pueden vivir en un estado de excepción permanente. Los dictadores, en cambio, buscan extender su mandato hacia el infinito, amparados en la idea de la revolución. Así se explica por qué casi todos los dictadores se han declarado revolucionarios.

Pinochet, por ejemplo, imaginaba que él debía permanecer en el gobierno hasta el fin de sus días para realizar la que él llamaba "revolución restauradora". Eso no sólo lo imaginó sino que, además, lo hizo Castro. Pues, en la lógica de cada dictador, no es la duración de la revolución lo que determina su mandato sino la duración de su mandato lo que determina la duración de la revolución.

Así, la revolución, que alguna vez fue una palabra que sirvió para designar a levantamientos populares, ha terminado por transformarse en la religión de las dictaduras. Y como toda religión, la religión revolucionaria no reconoce ningún principio, ninguna moral, ninguna ley, nada que no sea aquello que proviene de los mandamientos de la revolución. Así se explica por qué siempre los dictadores revolucionarios han entrado en conflicto con las religiones. Los dictadores las consideran, en efecto, como rivales que les disputan el principio de la eternidad del cual ellos creen ser sus depositarios absolutos.

Los ataques terroristas en contra de la Nunciatura Apostólica, la profanación de la Sinagoga y los desacatos teológicos en los que incurre el Presidente en sus discursos (¡Cristo era socialista!) no son hechos casuales, sino equivalentes a todos aquellos que siendo apenas ídolos de barro quieren ser adorados como dioses. Así se explica también por qué para ellos la razón constitucional no vale nada frente a la razón revolucionaria. Y si es necesario cometer fraudes en nombre de la revolución, el fraude será también santificado.

Saddam Hussein, siguiendo el ejemplo de las dictaduras comunistas europeas, ganó las elecciones nacionales con el 99% de los votos. Castro es más modesto; ganó "apenas" con el 95%. En un nivel menor, el fraude electoral cometido en Nicaragua del cual han dado testimonio visual personas de tan alta credibilidad como los escritores Gioconda Belli y Sergio Ramírez fue realizado en nombre de la revolución. Yo pienso que, efectivamente, Ortega sabía del fraude, el que hizo cometer, no porque fuera un fraude, sino como una medida para salvar a la santa revolución de una mayoría "engañada" por el "imperio". ¿Qué sucederá en Venezuela? No sé.

Como una dictadura no quiere jamás terminar, la revolución que la sustenta no debe tampoco terminar. De ahí que los dictadores inventan una y otra y otra fase de la revolución para que ésta no termine jamás. De este modo la revolución se convierte en un abismo en el que siempre hay que profundizar. "Quien hace revoluciones a medias, cava su propia tumba", dijo Robespierre en el drama de Georg Büchner (La Muerte de Dantón).

Efectivamente: para no cavar su propia tumba, Robespierre, como después Stalin, necesitaba que la revolución siempre se encontrara a medias para seguir profundizándola (enmendándola) hasta el infinito. La revolución se convierte así en una necesidad biológica del dictador: en una cuestión de vida o muerte. "Patria o muerte" no sólo es, por lo tanto, una consigna fatídica sino, además, es el salvavidas que arrojan los dictadores desesperados al océano de la historia.

Mas, llegará el momento en que la revolución, convertida en diosa, devorará a sus propios hijos; que fue ése el destino de Robespierre, Danton, Trotzky, Bujarin, Cienfuegos, Guevara, y cientos, cientos más. "Nosotros no hemos hecho la revolución; la revolución nos ha hecho a nosotros" dijo Dantón en el drama de Büchner, para agregar, poco antes de ser guillotinado: "La revolución es como la hija de Pellas; ella despedaza a los seres humanos para rejuvenecerse a sí misma".

No la Constitución sino que la revolución es, para los dictadores revolucionarios, la fuente de todo derecho. Así como la ley religiosa o Scharia se encuentra en algunos países islámicos sobre la Constitución civil, la ley revolucionaria (decreto) se encuentra bajo determinadas dictaduras por sobre la Constitución.

Pero a diferencia de la ley religiosa que yace en las líneas de un libro supuestamente sagrado, la ley de la revolución está determinada por las ocurrencias y necesidades del dictador. Es por eso que bajo las dictaduras, las Constituciones son enmendadas y remendadas sin cesar, hasta que definitivamente caben en el cuerpo del dictador. No ocurre así en los países democráticos donde nadie, pero absolutamente nadie, se encuentra por sobre la Constitución.

No hay nada más difícil que introducir una enmienda en alguna Constitución de algún país democrático. Que en diferentes países europeos, y sobre todo en los EEUU se encuentren en la letra constitucional verdaderos anacronismos, no lleva a nadie a desear cambiarlos porque "así lo quisieron los padres de la Constitución". De tal modo que suele suceder que, cuando algún mandatario falta a la Constitución, debe pagarlo muy caro. Todavía flotan en el tiempo los recuerdos de los casos de Watergate de un Nixon, o los deslices eróticos de un Clinton.

Es que la Constitución no es un montón de leyes. Es un conjunto orgánico. Si tú introduces una enmienda, no sólo cambias una ley, sino que alteras todo el conjunto.

Con mayor razón todavía, si esa ley toca un principio tan central como es el de la alternabilidad del poder. Ese es el motivo que explica por qué las Constituciones deben permanecer, en lo posible, intocadas a través del tiempo.

Ellas están por sobre todos y debajo de nadie. La Constitución, el mismo término lo dice, es el modo como una nación se constituye a sí misma. Más aún: como afirmaba Montesquieu: en las Constituciones se encuentra reflejado el espíritu de las leyes. Entiéndase bien: no la letra: el espíritu de las leyes. Es decir: las leyes tienen espíritu.

-----Como una dictadura no quiere jamás terminar, la revolución que la sustenta no debe tampoco terminar. De ahí que los dictadores inventen una y otra y otra fase de la revolución para que ésta no termine jamás

El espíritu de una ley se encuentra según Montesquieu (Las Costumbres y las Leyes) en la propia historia de los pueblos, historia de donde vienen las costumbres que configuran ese "derecho antes del derecho" que no puede obviar ninguna Constitución. Detrás de cada ley hay muchas vidas; y a veces son vidas que sangran con dolor. Esa, y no otra razón, es la que debe llevarnos a respetar la Constitución; y no sólo la nuestra, sino la de todos los países del mundo.

En ella vivimos todos y nuestros antepasados también.

La Constitución somos nosotros mismos constituidos como ciudadanos en la Ley. Esa también es la razón que llevó a Kant a sostener en su Crítica de la Razón Prác- tica su tan conocida máxima relativa a que hay que actuar de tal modo "que las máximas de tu voluntad puedan valer al mismo tiempo como principios de una legislación general". Quiere decir: si no conoces la letra de la Ley, o si no hay Ley, actúa según su espíritu.

Ese espíritu no sólo está en la Constitución: es la Constitución.

Recuerdo al llegar a este punto un artículo de un amigo venezolano.

Quizás sin haber leído a Kant, escribió:
"Yo voté en contra de esa Constitución pero hoy la defiendo. Sigo pensando que es una Constitución de mierda. Pero es Mí Constitución".
Al fin sólo queda el voto, y con el voto una esperanza. Ojalá, dirán muchos -en ese momento tan íntimo y tan público que es el votar-, que ésa, la última esperanza, no sea objeto de otra violación.

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